

El lugar de un padre es tan importante en la vida del niño como el de la madre, pese a que el primer vínculo fuerte de fusión y apego, desde la gestación, desde el nacimiento, es el materno.
¿Cuán importante es que haya alguien que cumpla la función de padre en la crianza de los hijos?
Decimos «alguien» porque no siempre es el papá biológico, de sangre, el que se “hace cargo” y se compromete con esta función sino que tal vez figuras significativas del entorno afectivo del niño, reemplazan este lugar a veces no habitado por quien debería ocuparlo.
La figura paterna es vital para los hijos. Para el desarrollo de su autonomía, para animarse a asumir responsabilidades y para su crecimiento como personas. Y no pasa inadvertido ante la mirada de los hijos su existencia, su lugar y sus acciones.
El lugar de un padre es tan importante en la vida del niño, como el de la madre, pese a que el primer vínculo fuerte de fusión y apego, desde la gestación, desde el nacimiento, o desde la adopción es el materno.
Será tarea de la mamá poder ir incorporando, dejando espacio para que este papá aparezca en la escena y sea también protagonista de la crianza.
En ese sentido en los primeros tiempos de crianza parecerá que da igual que esté o no esté, ya que el bebé y la mamá están tan involucrados y juntos que aun no hay mucho espacio para hacer acto de presencia concreta y que lo registren. Eso sí, a veces, a través del reclamo o pedido de ayuda de la mamá cuando se siente desbordada.
Por eso de a poco, cuando se superan los primeros difíciles tiempos de acomodación, a través de la palabra de la mamá y la presencia de un papá que acepta los tiempos para ser “registrado por su hijo” y no se siente “desplazado” se irá poco a poco construyendo ese lugar , ese vínculo maravillosamente necesario.